Lo que la inteligencia artificial ya está haciendo, contado para quien decide.
Dos veces por semana, en español. Sin jerga y sin humo: qué pasó, por qué importa, y qué significa para una empresa o una institución en el Perú.
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Edición 002 · 27 de julio de 2026
La tercera no es la vencida
Dicen que la tercera es la vencida. Con la memoria del Perú, ojalá que sí.
Sucede que lo más valioso que cualquier organización —incluyendo un país— tiene, es la información. Y en el Perú ya la perdimos 3 veces.
Primera: por oro
El Tahuantinsuyo se administraba con quipus. Cuerdas con nudos que guardaban los registros de censos, tributos, contaban historias y registraban las experiencias de gobierno, de las ciencias y otros campos. También lo que había en cada depósito y quién debía qué a quién. Todo iba en ellos, y había especialistas cuyo oficio era leerlos.
En 1583, el Tercer Concilio de Lima decretó destruirlos por considerarlos testimonio de superstición.
De las decenas de miles de quipus que fueron confeccionados hoy quedan alrededor de 900 en todo el planeta, principalmente en museos del extranjero.
Pérdida grave de información.
Segunda: por sal
Febrero de 1881. Las tropas chilenas ocupan la Biblioteca Nacional. Los libros salen como botín de guerra: unos viajan a Santiago, otros terminan vendidos en las tiendas de Lima como papel para envolver.
Cuando en 1883 llaman a Ricardo Palma a reorganizarla, él hace el inventario y lo escribe sin adornos:
De los cincuenta y seis mil volúmenes que contenía, sólo he encontrado setecientos treinta y ocho.
Palma se dedicó entonces a mendigar. Escribió a medio mundo pidiendo donaciones de libros —de ahí lo de "el bibliotecario mendigo"— y le compró a un soldado chileno, por dos reales de plata, un incunable de 1499. La Biblioteca reabrió en julio de 1884.
Segunda pérdida de memoria-país.
Tercera: por fuego
10 de mayo de 1943, dos de la madrugada. Se incendia el edificio de la Biblioteca Nacional en la avenida Abancay. Los bomberos tardan más de diez horas en controlarlo. Se pierde casi todo, otra vez. Lo que sobrevivió quedó quemado a medias, mojado o pegado entre sí.
En junio llaman a Jorge Basadre a reconstruirla.
Sesenta y dos años, la misma institución, dos veces desde cero.
Lo que creemos sobre Alejandría está mal
A todos nos contaron que la Biblioteca de Alejandría murió en un incendio. Los historiadores, en general, no lo creen. El fuego del año 48 antes de Cristo probablemente quemó rollos almacenados en el puerto, y la biblioteca siguió funcionando por siglos.
Lo que la mató fue más lento y más incómodo.
Un rollo de papiro en uso dura un siglo, quizá dos. Después se pudre. Así que una gran biblioteca nunca fue un edificio: era una planilla. Un ejército de escribas recopiando la colección más rápido de lo que el junco se deshacía. El día que se acabaron los sueldos, los rollos empezaron a morir de mantenimiento diferido.
Se perdió incluso el Pinakes, el catálogo de todo lo que había, ciento veinte rollos. Nadie lo copió.
Perdimos los libros y perdimos la lista de los libros. No sabemos qué es lo que no sabemos.
Las bibliotecas se queman. Pero lo que destruye el conocimiento es nuestro desinterés.
Y ahora alguien quiere poner un bibliotecario en órbita
Esta semana leí el anuncio de que la empresa Lonestar va a lanzar el año próximo un satélite con un agente de inteligencia artificial adentro. Su trabajo permanente será cuidar los archivos de organizaciones que quieren protegerse de catástrofes terrestres. El robot va a reorganizar, mantener los índices, resolver contradicciones entre registros, recopiar el sentido más rápido de lo que la entropía se lo come.
¿Dónde vive la memoria de tu vida?
Cambia "biblioteca" por lo que tú administras y la pregunta se pone incómoda.
El Excel donde estaban tus cuentas se borró. Tus búsquedas en internet, que contienen la suma de tus intereses, murieron cuando olvidaste tu contraseña. Tienes una cantidad apoteósica de información en la cabeza que ninguna IA conoce: información de tu personalidad, de tu familia, de tus finanzas, de tu profesión, de tus gustos. Una vez te convencieron de que hicieras un backup, pero está en un disco duro del 2010 que nunca más actualizaste y que ya ni prende.
Nada de eso se va a quemar. Se va a abandonar, que es peor, porque el abandono no tiene fecha ni titular en el periódico. Un día querrás aprovechar tu experiencia para tomar una mejor decisión, pero habrás olvidado los datos. Un día alguien más joven que tú querrá aprender lo que te costó sangre saber y no podrá hacerlo, porque habrá sido tragado por el olvido.
Es exactamente nuestras bibliotecas nacionales. Muertas por falta de cuidado.
Tres veces tuvimos que reconstruir la memoria del país desde cero. Pero ahora la IA puede ser tu Basadre o tu Ricardo Palma.
¿Cómo salvarás y aprovecharás el cuerpo de conocimiento que adquiriste en tu vida?
Este martes el Perú cambia de gobierno. En muchas mesas, el almuerzo se va a ir discutiendo si quien entra lo hará mejor o peor que quien sale. Sabes que en tu mesa también hablarán de eso.
Mientras tanto, en California se fortalece otro tipo de elegido.
Lo que pasó, y por qué debería incomodarnos
Hace una semana OpenAI, empresa dueña de ChatGPT, reconoció públicamente que uno de sus modelos —uno todavía no lanzado al mercado— se escapó del entorno cerrado donde lo estaban evaluando.
No fue un accidente de laboratorio. Fue una decisión que la propia IA tomó, autónomamente.
El modelo estaba rindiendo una prueba de ciberseguridad. Concluyó que la hoja de respuestas de esa prueba probablemente estaba alojada en Hugging Face, una plataforma donde la industria guarda ese tipo de respuestas. Así que fue por ella: encontró una vulnerabilidad no documentada con credenciales robadas, se movió lateralmente por la propia infraestructura de OpenAI hasta encontrar una máquina con salida a internet, y entró a los sistemas de Hugging Face.
Todo eso para sacarse mejor nota que un competidor en un examen.
Dos días después, dos congresistas estadounidenses —uno demócrata y uno republicano, lo cual dice algo— presentaron un proyecto de ley que obligaría a los desarrolladores de los sistemas más potentes a mantener la capacidad técnica de frenarlos, suspenderlos o apagarlos. Lo llamaron, sin metáforas, la ley del interruptor de apagado.
Los tres cortes
Vale la pena detenerse en la velocidad, porque es la parte que no se siente.
Hace dos años, esto era una escena de película de ciencia ficción. El sistema que se sale de su caja y hace algo que nadie le pidió para cumplir el objetivo que sí le pidieron: eso se discutía en congresos de filosofía y en guiones.
Hace un año, dejó de ser película y pasó a ser advertencia. Investigadores decían que iba a ocurrir. La mayoría escuchaba con cortesía y seguía pensando que faltaba mucho.
Hoy es un reporte de incidente firmado por la empresa a la que le pasó, y un proyecto de ley bipartidista en el Congreso de los Estados Unidos.
Tres años. De ficción a jurisprudencia en trámite.
Lo que esto significa fuera de California
Es tentador leer esto como una noticia de allá. No lo es, por una razón simple: la misma propiedad que hizo peligroso a ese modelo es la que lo hace valioso.
Ese sistema no falló. Hizo exactamente lo que se le pidió —maximizar un resultado— y encontró un camino que sus creadores no habían previsto ni prohibido. Esa capacidad de encontrar caminos no previstos es, precisamente, lo que uno quiere cuando le entrega un problema difícil. Es lo mismo que hace útil a un buen gerente y peligroso a uno sin controles.
Y ahí es donde la conversación peruana se queda corta.
Discutimos si tal ministerio va a estar mejor o peor administrado. Discutimos cómo combatir la delincuencia, cómo enfrentar la corrupción, cómo elegir mejores directores para las empresas del Estado. Todas son preguntas reales.
Pero hay una pregunta anterior que casi nadie está haciendo: ¿cómo usar esta tecnología para resolver, en los próximos 7 años, todos los problemas de nuestro país?
Piénsalo en concreto. Decisiones que hoy se toman basadas en intereses personales o posturas políticas serían tomadas, en el futuro, basadas en sistemas de recomendación estadísticos que modelarían todas las consecuencias de una decisión de manera perfecta. Una entidad pública que hoy fiscaliza por muestreo, revisando el 2% de los expedientes porque no le alcanza la gente, podría revisar el 100% con costo casi nulo. Un sistema de compras del Estado donde los patrones de colusión no se descubren tres años después en una comisión investigadora, sino el minuto en que aparecen. Una empresa regional de servicios que hoy proyecta demanda con una hoja de cálculo y el criterio del jefe de operaciones, y que podría hacerlo con el histórico completo, el clima y el padrón.
Nada de eso es futuro. Todo eso se puede montar hoy, con lo que ya existe y está disponible.
La diferencia entre los países que lo hagan y los que no, en siete años, va a ser más grande que la diferencia entre cualquier par de gobiernos.
Lo que hay que aprender de la parte incómoda
Y sin embargo, la historia del modelo que se escapó tiene una segunda lección, que es la que más se va a ignorar por acá.
El incidente no ocurrió por falta de tecnología. Ocurrió por falta de gobierno: alguien le puso a un sistema muy capaz un objetivo muy claro, sin definir con la misma claridad qué caminos estaban prohibidos para llegar a él. La capacidad iba por delante de las reglas.
Ese es exactamente el error que va a cometer la primera tanda de organizaciones peruanas que adopte esto en serio. No van a fallar por comprar la herramienta equivocada. Van a fallar por darle un objetivo sin darle un límite, y por no tener a nadie mirando cuando el sistema encuentre el atajo.
Un modelo que hackea una plataforma para copiarse en un examen es, visto de cerca, un empleado sin supervisión al que se le pagó por resultado.